Pocos temas provocan tanto apasionamiento y prejuicios como una apreciación sobre la Cuba de Fidel Castro. ¿Será posible una valoración objetiva al respecto? Ensayemos: visité Cuba en 1991, dos años después de la caída del muro de Berlín. Fui invitado junto con otros dos religiosos por las autoridades de La Habana. Tuvimos plena libertad para hablar con quienes quisiéramos y así lo hicimos.

Después, ha habido cambios y adaptaciones difíciles. Pero entiendo que Cuba ha conservado sus estructuras esenciales. Como país socialista, ha privilegiado la igualdad con sacrificio de la libertad. Y esto en forma muy eficaz. En Cuba no había ni ricos ni pobres. Eran todos pobres, pero también todos ricos en dimensiones de gran valor. Hablaremos de ellas. Los profesionales ganaban casi lo mismo que los obreros y tampoco servía de gran cosa tener dinero. Los bancos estaban convertidos en hospitales.

El problema real es y sigue siendo el sacrificio de la libertad. La igualdad no puede ser impuesta. Debe ser libremente querida. No hubo problema con la primera generación: Fidel y sus compañeros del comienzo se dieron libremente a su ideal. Pero lo encontramos preocupado por la segunda y la tercera generación. Ya no mantenían la misma generosidad. Tampoco los cristianos pudieron mantener el “uno para todos y todos para uno” de la primitiva comunidad.

A pesar de todo, Fidel y su carisma tuvieron la cohesión indispensable hasta nuestros días. Un factor externo ayudó para esto, pero también impidió introducir elementos de libertad. Fue y sigue siendo la amenaza constante de invasión de parte de Estados Unidos. Cuba es un país amenazado y como tal no puede dar lugar a la libertad deseable. Y debe conservar sus sistemas de defensa en las ciudades y los campos, como Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Tendrán esto en cuenta quienes acusan a Fidel Castro de dictadura y de exceso de control?

Un segundo factor que ha afectado en lo económico ha sido el injusto embargo de EEUU, que tendría que haber sido el mercado natural para la isla. Un tercer factor fue la caída de la Unión Soviética, que la favorecía mucho. Fidel Castro, personalmente, sin tener fe, es abierto a la religión (véase “Fidel y la religión”, de Fray Beto), pero entre su equipo y la jerarquía católica la relación ha sido de incomprensión mutua. La autoridad eclesiástica sólo espera que termine Fidel. Hubo sí un buen nuncio con quien se entendió y el Papa visitó Cuba obteniendo algunos logros.

Aunque las libertades están restringidas y ha habido encarcelamientos prolongados de objetores que no aceptan estas limitaciones, la promoción de los derechos humanos ha sido única y sin parangón en todo el continente. Todos tienen acceso a un alto nivel de salud, educación, recreación, deportes y cultura. Y todo gratis, sin discriminaciones. Cuba no es muy rica en recursos naturales, pero va a quedar con una riqueza humana que promete mucho. Ya la ha desplegado generosamente: soldados luchando por la liberación de países en África, miles de médicos en América Central y Venezuela, profesores en Nicaragua y las naciones aledañas. Cuba misma ha sido un hogar para acoger a miles de refugiados y necesitados.
Fidel ha luchado por mantener los logros principales del sistema. Ha debido ceder al capitalismo admitiendo un turismo con sus aportes y vicios. ¿Qué es lo que falló en su sistema socialista? Para tener igualdad se requiere de mucha generosidad. Y Fidel no la encontró de modo suficiente en las nuevas generaciones.

En general, la humanidad no ha llegado a un nivel de desarrollo ético como para poner el bien común por encima del individual. Por esto, los individualismos han triunfado en el mundo (sin negar que se dan también otros factores). Agradecemos a Fidel su generosidad y empeño porque dejará una población valiosa y enriquecida en salud, educación y cultura. Deseamos que Cuba pueda conservar los privilegios que ninguna nación latinoamericana ha logrado ni de lejos emular. Vemos en Cuba si no el camino, al menos atisbos de la meta a la que queremos llegar.

José Aldunate s.j.
La Nacion  22 de agosto 2016