Revista Pastoral Popular

Editorial. Renuncia papal y muerte de un Presidente

Lo inusual de que un Papa renuncie ha arrojado nueva luz sobre la naturaleza bien humana del Papado. El nombre de “Vicario de Cristo” ocultaba parcialmente lo humano. Si a “Cristo” se lo ve más bien como “Dios” que como “hombre”, es casi natural que sobre su Vicario se proyecten también rasgos que lo elevan a un rango superior, como partícipe más inmediato de la “divinidad”. Por eso se le llama “Su Santidad”, lo que evoca distancia o separación. Lo “santo”, como esfera de lo divino, se opone a lo “profano” como espacio de una vida sencillamente humana.

La renuncia nos remite, pues, a la simple y común humanidad de quien ejerce la función. Y las razones alegadas por el Papa son efectivamente tan humanas como la vejez y la consiguiente pérdida de fuerzas. Pero sobre todo, la “humanidad” de un Papa que renuncia por no podérsela con la Iglesia, echa una nueva luz sobre la “humanidad” de esta institución. Los portavoces oficiales persisten en no verlo, pues se defienden de las actuales filtraciones de escándalos y corrupción, llamadas “Vatileaks”, como si fueran calumnias o maledicencias tortuosas de sus “enemigos” tradicionales, y no atisbos de una investigación seria.

La casi “divinización” del Papado es una construcción social: la de grupos de poder que se apoyan en ella para sobrevivir y medrar.

En cambio, la constatación de la pura y simple humanidad de la Iglesia nos remite también a la del hombre Jesús de Nazaret. Él nunca pensó ni pudo pensar en un Vaticano y una institución papal. Si le dijo alguna vez a Pedro, su amigo, que cuidara de ese pequeño grupo de seguidores al que sentía tan frágil, era para que lo hiciera sólo con los medios al alcance del pescador que era por oficio. Nada más. Lo demás se lo fueron poniendo los poderes fácticos con los que las iglesias cristianas de generaciones posteriores se acomodaron durante siglos.

La muerte de Chávez lleva también la marca de otra construcción social. Ésta es semejante a la del Papado, aunque de signo opuesto, porque apuntaba a levantar al pueblo empobrecido. Pero fue igualmente construida por una “narrativa” muy propia y una acción consecuente. Chávez quiso construir una sociedad sobre otras bases y con otros objetivos, distintos de los consabidos en Latinoamérica: una orientación política hacia una sociedad más igualitaria, donde el pueblo multiétnico venezolano, tradicionalmente postergado, se diera su propia organización institucional en diversos niveles y participara en las decisiones que le conciernen. Para ello era necesario reorientar los destinos de las ganancias provenientes de los abundantes recursos petroleros, alejándolas de una acumulación capitalista en provecho de las castas tradicionalmente dirigentes y de los grupos de poder en ellas, para emplearlas en provecho de los grupos tradicionalmente postergados. Todo esto, en el marco de una integración latinoamericana y caribeña en perspectiva “bolivariana”.

Tal vez estos objetivos eran en buena parte, “utópicos”. Hay quienes entienden la utopía en el sentido de que tales objetivos todavía no podían tener lugar, pues faltaban varias etapas preparatorias. Otros la entienden en el sentido peyorativo que le dan a la palabra los grupos dominantes, lo que les permite desacreditar y descalificar a Chávez como “populista” y reírse de las que llaman sus “payasadas” mediáticas.

La construcción de un grupo societario – por ejemplo, una nación y dentro de ella una iglesia – necesita de una “narrativa” creíble, un “cuento” capaz de decirles a todos y a cada uno y cada una por qué y para qué vale la pena vivir. Porque no es evidente que la vida les valga la pena ni a mucha juventud que recién al despertarse a la vida se la fuma en un “pito”, porque está ya sin esperanzas, ni a muchos grupos sociales postergados, oprimidos, explotados o simplemente olvidados en las afueras de todos los sistemas financieros, económicos o sociales.

La “narrativa” o el “cuento” de Jesús de Nazaret – su “utópico” Reino de Dios - se ha perdido en los meandros de las intrigas vaticanas y otras corrupciones eclesiásticas, como también en las teologías exsangües que repiten monsergas añejas y recocidas. La “narrativa” o el “cuento” socialista se habían perdido también en los avatares de los países que llevaban ese apellido. Es que todo lo humano se corrompe y necesita regenerarse.

A una regeneración de lo político apuntaba la construcción “utópica” de Chávez: lo que él llamaba “nuestro socialismo” bolivariano. A una regeneración de lo “utópico” y del sentido llama implícitamente la renuncia papal, en la que hubiéramos querido por cierto percibir una denuncia más explícita. En nosotros está reconstruir un “relato” o una “narrativa” creíble y practicable de la “utopía” de Jesús, relato capaz de animar e inspirar el que todos juntos demos pasos hacia una sociedad distinta donde valga la pena vivir. Caminar así, sería haber ya comenzado a llegar.

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