Víctor Codina llegó a Bolivia hace 33 años, desarrollando su trabajo misionero en diferentes ciudades del país sudamericano, como Oruro, Santa Cruz o Cochabamba, donde vive actualmente. Siendo profesor de la Facultad de Teología de Barcelona, la muerte de Luis Espinal, de quien era compañero, asesinado dos días antes que Monseñor Romero, le motivó a dar este paso. En estas más de tres décadas, el jesuita de origen catalán, ha sido profesor de teología y actualmente desenvuelve su trabajo en la formación de laicos y el trabajo con las comunidades eclesiales de base, sin olvidar su producción de escritos teológicos.
 
En esta entrevista hace un análisis de la realidad eclesial latinoamericana y de la figura del primer Papa jesuita, mostrando el influjo ignaciano en la vida y misión de Francisco y lo que su figura representa en la vida de la Compañía.
 
¿Qué es lo que marca la vida eclesial latinoamericana?
 
La vida eclesial latinoamericana después del Concilio ha intentado discernir los signos de los tiempos. En este sentido, el documento del Vaticano II que más influyó en América Latina fue la Gaudium et Spes. Fue precisamente este discernir los signos de los tiempos lo que hizo descubrir la situación de pobreza e injusticia y que el Evangelio tenía que partir de esta realidad y de la opción por los pobres, con obispos realmente pastores, de los pobres, desde las comunidades de base, con cristianos comprometidos, con la vida religiosa que se hizo presente en lugares más populares, con indígenas, con campesinos, con mineros...
 
A partir de esta praxis surge una reflexión como acto segundo, que diría Gustavo Gutiérrez, que es la Teología de la Liberación, que muestra una visión de la Iglesia como Pueblo de Dios en la historia que discierne los signos de los tiempos.
 
¿Se podría decir que hoy en Latinoamérica hay dos Iglesias?
 
Siempre en la Iglesia los movimientos renovadores, los movimientos proféticos, son una cierta minoría, y siempre hay cierta dificultad para que sean aceptados dentro de la propia Iglesia. Si hay cierto retraso en América Latina con respecto a los años del postconcilio se debe, en gran parte, a que la Iglesia Universal, desde finales de Pablo VI y durante los dos pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, se volvió a centralizar y sustituir ideas del Concilio como Pueblo de Dios y una Iglesia más comprometida que el Concilio había traído como algo nuevo. Esta dimensión de invierno eclesial, por así decir, también se ha dejado ver en América Latina.
 
¿Qué es lo que aporta, o puede aportar, la Iglesia Latinoamericana a la vivencia del cristianismo en general?
 
La dimensión de los pobres es una dimensión esencial, que no es que la Iglesia la haya olvidado, pues ha habido muestras de beneficencia y solidaridad, pero la Iglesia latinoamericana convierte esto en algo estructural, es decir, en algo esencial para el cristianismo y que por lo tanto le lleva a una visión muy crítica frente a las estructuras de injusticia que matan, como dice el Papa. Esto es universal, pero desde América Latina se ve con más claridad.
 
A partir de lo que fue tratado en el II Congreso Continental de Teología, celebrado recientemente, y que tenía como tema "Iglesia que camina con Espíritu y desde los Pobres", ¿hasta qué punto el Espíritu de Dios se hace más presente en América Latina?
 
El Espíritu de Dios llena el universo, pero este Espíritu se manifiesta siempre con más fuerza en los lugares donde hay más signos de muerte, más contradicción, más situación de caos. Y América Latina es uno de estos lugares donde la desigualdad es mayor, con la gran mayoría en situación de pobreza, aunque seguramente ha mejorado en los últimos tiempos.
 
Pero este Espíritu también se manifiesta en los refugiados que están invadiendo Europa y que lleva a cuestionar a Europa sobre lo que están haciendo con toda esta gente, pues es un drama humano. Se manifiesta en África, en Asia y mi impresión es que el Espíritu actúa siempre desde abajo, es decir, a favor de los pobres, a favor de los oprimidos, a favor de los que necesitan buscar, para renovar y crear un mundo de justicia, de paz, de harmonía, donde todos podamos vivir de una manera fraterna.
 
Una de las frases del Papa que se hicieron rápidamente famosas, fue aquella que pronunció al principio de su Pontificado, en la que decía "quiero una Iglesia pobre y para los pobres". ¿Realmente la Iglesia hoy quiere caminar con los pobres?
 
Esta frase es en realidad la formulación nueva de una frase de Juan XXIII al inicio del Concilio en la que decía que quería que la Iglesia fuera el rostro de todos, pero sobre todo el rostro de los pobres. En el Concilio esto no se tuvo mucho en cuenta, fuera de algún texto como Lumem Gentium 8.
 
América Latina lo ha retomado y el Papa, desde la perspectiva latinoamericana, es el que lo ha vuelto a presentar para toda la Iglesia. Hasta qué punto la Iglesia lo cumple es una tarea muy lenta y muy difícil porque muchas veces ha habido mucho divorcio y mucha contradicción entre quien se llama cristiano y la praxis social y evangélica, por lo que creo que es una tarea muy a largo plazo, hasta que todos los cristianos nos demos cuenta que esto es una cuestión nuclear en el Evangelio y que el seguimiento de Jesús supone una conversión.
 
San Ignacio siempre parte desde abajo en su forma de entender la vida, ¿cómo influye la experiencia ignaciana en la vida del Papa Francisco?
 
Creo que influye en muchos aspectos. Ignacio afirma en los Ejercicios espirituales que "No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y gustar internamente". Por tanto, en los Ejercicios, que constituyen el núcleo de la vida de los jesuitas, aparece la experiencia espiritual de Jesús. Antes de ser obispo, durante más o menos cuarenta años, el Papa Francisco vivió plenamente integrado en la Compañía de Jesús asumiendo diferentes cargos, asumiendo estas ideas. Otro tema es el del discernimiento, que San Ignacio lo aplica a las mociones internas, pero que se aplica también a discernir el Espíritu, no solamente dentro de nosotros sino también en el mundo.
 
En cuanto a los contenidos, el cristocentrismo es un tema que ha marcado. San Ignacio no quiso que la Compañía se llamase de Ignacio o de Francisco, sino de Jesús. Por tanto, hay una centralidad de Jesús en la Compañía. San Ignacio insiste en que el seguimiento de Jesús es un seguimiento de Jesús pobre y humilde. En San Ignacio no aparece tanto la dimensión sociológica de los pobres, que después sería desarrollado más, sino que se sitúa en las bases, en el seguimiento del Jesús pobre y humilde de Nazaret. San Ignacio en los Ejercicios, con la meditación de las dos banderas, presenta el programa del mundo, como enemigo de Cristo, la riqueza, el poder, el prestigio, y el camino de Jesús, que es el camino de servicio y de la pobreza, pidiendo que el ejercitante opte por esto. Yo creo que esto tiene que haber influido en Bergoglio y que en su vida personal y después como obispo y ahora como Papa tenga una visión no mundana, sino evangélica.
 
En los Ejercicios San Ignacio habla pocas veces del Espíritu, pero son Ejercicios Espirituales, fruto del Espíritu, por lo que esta dimensión del Espíritu es una dimensión que anima toda la vida espiritual del jesuita y que, por tanto, también a Bergoglio le marca, por lo que él da mucha importancia a la acción del Espíritu que siempre sorprende, que siempre es novedad.
 
Otra característica de Ignacio en los Ejercicios es buscar a Dios en todas las cosas y descubrir que Dios está en la Creación. Dice que está en los animales, en las plantas, en las personas. Yo creo que esto también habrá influido en Francisco, como ha expresado en Laudato Si al mostrar la importancia de todo lo relacionado con la naturaleza y el cambio climático.
 
También se destaca en los Ejercicios la importancia de la consolación, que es la alegría de sentirse en manos de Dios y en el seguimiento de Jesús, lo que ha marcado a Bergoglio, como muestra el título de su primera Exhortación, "La Alegría del Evangelio". Esta experiencia produce alegría y gozo, por lo que la vida cristiana está orienta a la alegría, a la felicidad en el sentido más pleno y más profundo.
 
Estos serían quizás algunos elementos que han marcado a Bergoglio. Junto con esto la dimensión apostólica y de servicio a la Iglesia que a San Ignacio de Loyola le llevó a hacer el cuarto voto de obediencia al Papa para las misiones y que ahora, como Papa, no lo tiene que cumplir, sino que tiene que ver si hay gente que le ayude en estas misiones.
 
Hablando de ese cuarto voto y de la obediencia de los jesuitas al Papa, que San Ignacio quiso que fuese una marca de la Compañía, ¿qué significa para la Compañía el hecho de tener un Papa jesuita, el primero de la historia?
 
Estructuralmente no supone ningún cambio, humana y afectivamente supone una mayor cercanía y familiaridad. De hecho el Papa ha tenido algunos gestos con la Compañía, por ejemplo canonizar a un compañero de San Ignacio, Pedro Fabro, que había quedado como beato, más o menos relegado, y a quien el Papa le tenía mucha devoción y le ha canonizado. En Brasil a Anchieta, un gran apóstol y fundador de São Paulo. Estos gestos suponen una actitud de familiaridad, de cercanía con el general de los jesuitas, pero no supone que vamos a tener ningún privilegio especial, ni que vamos a ser sus consultores, ni que vamos a ser los únicos que vamos a colaborar con él.

Amerindia en la Red
[Por: Luis M. Modino, corresponsal RD en Brasil]