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Desde la certeza a la confianza: Recuperando el cristianismo como camino de fe

Como cristianos muchas veces olvidamos que una cosa es tener confianza en Dios y otra muy distinta es depositar nuestra seguridad en las certezas de nuestras propias ideas y representaciones acerca de quién es Dios y cómo este actúa.
Como la realidad de la que habla la religión cristiana es tan enigmática (esto es obvio, pues se habla de Dios, de la muerte, de la vida, etc.), muchas personas sienten la necesidad de definir y delimitar completamente el cristianismo. Buscan definir a cabalidad los “atributos” de Dios y de Jesús, sus deseos y su voluntad. Todo esto por un afán de certeza absoluta que no se queda ahí, sino que busca finalmente el control y la seguridad  Las cosas que están en juego en el ámbito religioso son tan relevantes que se tiene terror ante la ambigüedad y el misterio, por lo que se busca un fundamento a partir del cual construir el edificio de certezas. Certezas que van desde el ámbito teológico-doctrinal hasta el ámbito moral.

El problema radica en que sujetarse a semejantes definiciones, por mucho fundamento que digan tener, sea bíblico o experiencial, es sujetase a algo creado por el ser humano, y esto es opuesto a la actitud de fe. Fe es confianza. Confianza no en lo que nosotros sabemos y manejamos, sino en algo supremo y divino que está más allá de nuestro control y nuestro cabal entendimiento.

La fe no es algo exclusivo del cristianismo, hay fe en todas las religiones. Cada persona que vive y opta por una religión ha tomado esa decisión motivado por su fe, esto es, confía en que es el mejor camino para alcanzar salvación. Esto, salvación, en el sentido amplio, entendiéndola como salud integral, vida realizada, despliegue gozoso, placentero, de vida plenamente humana (Pikaza) De más está decir que fe no es sólo creencia intelectual sino mayormente práctica, hábitos, camino, estilo de vida.

Juan Luis Segundo, en su libro La historia perdida y recuperada de Jesús de Nazaret, señala que es evidente que nunca se puede elegir un camino de vida sabiendo de antemano lo que nos deparará al final del esfuerzo realizado. El problema es que, no obstante, hay que elegir, jugándose la existencia:

Ninguna lógica, ninguna ciencia puede suplir la apuesta por lo desconocido. Hay que elegir como supremo e incondicionado algo cuyo valor concreto no se conoce personal ni experimentalmente (Pág. 23).

La única alternativa, continua Segundo, es elegir un camino conducente a la felicidad basándose en experiencias ajenas. La opción que todo ser humano toma se hace mirando a testigos referenciales, en quienes la persona deposita su confianza. Éstos le hablan, de mil maneras, de la satisfacción que lleva consigo la realización de esta o aquella opción de vida y le invitan a seguir un camino semejante.

Este camino [...] tiene una característica esencial: empuja al ser libre a no dejarse guiar por las satisfacciones que se experimentan en lo inmediato, sino a confiar en que, pasando por molestas mediaciones, se obtienen satisfacciones insospechadas muy superiores (Pág. 24).

Ese es el camino de la fe, indica Segundo, no en un sentido cristiano o religioso sino en un sentido amplio, como una dimensión antropológica propia de todos y cada uno de los seres humanos. Cada persona elige siempre un camino de fe, pues aunque no elija el camino de una religión determinada ya ha optado irremediablemente por unos valores establecidos, por un camino de vida específico, aunque no sepa cómo llamarle. Es decir, aunque se declare ateo o agnóstico siempre dirá sí a la fe.

El problema con el fundamentalismo es que al buscar la certeza absoluta deja de lado la verdadera fe. Quiere elegir el camino con una seguridad anticipada, quiere apostar sabiendo el resultado final. Busca la certeza absoluta y con esto elimina la fe. Ya no busca a Dios sino que ya lo tiene agarrado, completamente definido y clasificado. Ese dios es totalmente comprensible y predecible, y con ello elimina al verdadero Dios. Asegura que no sólo está en el camino correcto, sino que ya llegó a la meta, que ya sabe el resultado final del juego. Que ya es salvo y, por tanto, todo aquel que no es ni piensa como él, ya está condenado.

Al contrario de lo anterior, el cristianismo siempre ha vivido en la paradoja de la fe. Ya lo dice la Epístola a los Hebreos al recordar a todos aquellos eligieron este camino de fe. Se aventuraron en este caminar porque tenían certeza, garantía, convicción, etc., pero no en lo que está presente, no en lo que es absolutamente seguro, no en lo que se puede ver y tocar, sino en lo que se espera, en lo que no se ve. Es una certeza paradójica, certeza que no se alimenta de verdades absolutas sino que es producida por una confianza razonable (Küng). Confianza que es similar a la confianza que se desarrolla en ámbito del amor entre seres humanos. No puedo tener certeza absoluta que mi pareja me ama, sólo veo sus actos y escucho sus palabras y no puedo comprobar a cabalidad que lo que esa persona hace y dice se condice realmente con lo que piensa y siente, pues siempre está la posibilidad que esa persona me este engañando o que sea una lunática. Lo único que puedo hacer, y es lo que todos hacemos al estar enamorados, es tener confianza en esa persona. A nadie se le ocurriría decir que estoy siendo irracional al tener esa confianza, pues es una confianza razonable, en mayor o menor medida dependiendo de cada caso.

El cristianismo debe, por tanto, recuperar su esencia como camino de confianza, camino de fe. Camino que no está en contradicción con un pensamiento crítico, ni con las dudas y preguntas. Por lo mismo el camino cristiano siempre será invitación, no imposición. Invitación para dejar de buscar la certeza y la falsa seguridad en doctrinas y normas que la falsa religiosidad ofrece, y empezar a caminar desde una entrega absolutamente confiada en el Dios que ha manifestado su amor en Jesús de Nazaret. Amor que echa fuera todo temor.

Luis Marcos Tapia, Chile
Revista Lupa Protestante
Es una Revista Cristiana de Teología, Cultura y opinión,
fundada en el año 2005 en Catalunya, España.
Director: Ignacio Simal Camps

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